a continuación uno de nuestros artículos favoritos del gran Jaime Bedoya, uno de nuestros ídolos. Nos entusiasma tanto esta historia, que la estamos publicando (Jaime, esperamos tu comprensión). Teníamos muy vagos y dispersos acerca de estos New Kids, lo que hizo de la lectura algo aún más bonito, pues no sabíamos ni intuíamos el desenlace de su historia.
LOS NEW KIDS DE ZÁRATE
LOS MISMOS, PERO DIFERENTES
“¿Zarati? ¿Where the fuck is that?”, se preguntó a sí mismo Brian Mercey, gerente ejecutivo de una casa discográfica norteamericana, al fijarse en el remitente de la breve carta redactada en pésimo inglés que tenía en la mano. La respuesta la encontró en la nota añadida por la eficiente Nancy, su secretaria pelirroja: (Zarate, Lima, Peru, South America). ¿Perú? Mercey recordaba haber probado alguna vez cocaína.
Según lo que podía entender, un grupo de muchachos que imitaba a las más grandes estrellas de su compañía manifestaba sus deseos de entablar correspondencia y recibir toda la información oficial acerca de las últimas actividades del grupo. Inicialmente, en gesto instintivo, pensó en un memo destinado al departamento de promociones para que les enviasen un par de calcomanías. Pero, al detenerse en las faltas ortográficas y la pobre calidad del papel aéreo, Mercey empezó a pensar. Aún más. Orientando su sillón giratorio hacia la ventana que le permitía una formidable vista aérea de la ciudad de Boston, Mercey sintió un ligero escalofrío recorrer su saludable cuerpo de treinta y ocho años.
¿Acaso tan fácil resultaba manipular las voluntades de jóvenes de cualquier rincón del mundo? ¿Serían sus hijos algún día víctimas del consumismo inducido por el cual él trabajaba? ¿Podía sentirse moralmente tranquilo sabiendo que el nuevo CD para su carro lo obtendría gracias a los ahorros de millones de jóvenes tercermundistas?
La lenta entrada felina de Nancy en su oficina lo rescató de sus divagaciones éticas, las segundas en cuatro años de exitosa carrera en el mundo del márketing empresarial.
—“Mr. Mercey, su esposa pregunta si lo espera a comer”, decía Nancy sentándose sobre el escritorio y cruzando atrevidamente las piernas.
—“Reunión de trabajo”, respondía el ejecutivo guiñando un ojo mientras la pelirroja le tocaba la corbata con la punta del zapato. En su mano derecha que iba cayendo hacia un lado, Mercey apretaba la carta de Zárate convirtiéndola en una masa amorfa que, sin duda, tendría como destino final un basurero negro de moderno diseño que se ubicaba bajo su escritorio.
Una suave brisa fluvial, proveniente de las orillas del Rímac, peculiariza el ambiente de Zárate. La convierte en una urbanización donde la vida es sinónimo de frescura, en permanente renovación y festejo. Por eso a nadie extraña, dada la abundante cantidad de fiestas –o tónicos, en travieso lenguaje juvenil– que ahí se celebran, así como el masivo y disciplinado consumo de videoclips y programas afines, que cada nuevo baile o moda musical que aparece –independientemente de su intrínseca naturaleza efímera– es inmediatamente asimilado por la juventud zaratina con un atavismo ejemplar. Fue de esa manera que pasaron por Zárate –sin dejar huella alguna– el fenómeno footloose, el breakdance, Chayanne, Magneto y Pablito Ruíz. Es más, un joven de Zárate llamado Beto Chira acabaría consagrándose en un concurso televisivo como “El Pablito Ruíz Peruano”. Es decir, era cuestión de tiempo el que la obsesión imitativa por las últimas mega estrellas internacionales –cinco mocosos anodinos de Boston, Massachusetts– se difundiera sobre Zárate con la misma naturalidad con la que la brisa fluvial desperdiga sobre sus calles y jardines los penetrantes aromas del Rímac.
Con total aplomo y exquisito profesionalismo, Rulito Pinasco realizó a través de la televisión la convocatoria nacional para iniciar la búsqueda de los mejores imitadores de los New Kids on the Block. La automática y sensata reacción de César, Walter, Andrés, Franklin y Gustavo, ex compañeros del colegio Antenor Orrego, no se hizo esperar. Ellos serían los New Kids de Zárate. Franklin sería el último en unirse, en reemplazo de otro integrante invitado a retirarse de la agrupación pues no demostraba la seriedad suficiente. Desde un principio, una férrea disciplina, no necesariamente reñida con una sana espontaneidad, fue considerada como indispensable a fin de poder responder con dignidad al reto de Pinasco.
Contaron con la solidaria y desinteresada colaboración del barrio. Unos vecinos les prestaron la sala de su casa para los maratónicos ensayos diarios. Otros amigos estilistas y maquilladores ofrecieron, voluntariamente, lo mejor de sus conocimientos. Además, Johnny, muchacho del barrio que trabajaba en un barco, acababa de regresar de los Estados Unidos trayendo en su memoria los más recientes pasos de los New Kids que había podido ver. Tras horas de estudio minucioso gracias al acceso a una videocasetera, llegó el día de la presentación. Estaban preparados. Fue un éxito. No solo pasaron a la final haciéndose acreedores del premio de cien dólares, sino que además entablaron franca amistad con el hijo de Rulito Pinasco. Inclusive se tomaron una foto con él.
Sin embargo, jamás imaginaron estos muchachos que el poder reproducir exactamente lo movimientos físicos de aquellos cinco imberbes y lejanos multimillonarios, cual mágico lenguaje de la modernidad más cosmopolita, cambiaría drásticamente sus hasta entonces apacibles existencias zaratinas. Un día se fueron a pasear al centro, y un policía los paró y les dijo:
—“Oigan, ustedes son los New Kids de Zárate, ¿no?”
—“Sí, jefe.”
—“Ya. Sigan circulando nomás.”
Además, empezaron a recibir oficios de diversas instituciones reclamando la demostración de su talento en varias actividades públicas. Habían logrado ese ansiado estado de gracia propio de las estrellas: captar las preferencias del público. Tal vez la más importante de estas solicitudes fuese la requerida por la senadora de la Nación doña Irma Bustamante a fin que los New Kids de Zárate se presentaran en un centro educativo para niños excepcionales, evento que debe haber sido único en su especie en todo el orbe.
Pero, precisamente como consecuencia de su vertiginosidad, el éxito también trae sus propias dudas. Como la que en algún momento se les planteó al escuchar un comentario acerca de las implicaciones ideológicas de su imitación. El grupo entró en cerrado silencio ante la “interrogante y, curiosamente, Johnny –el amigo viajero que les trajo los últimos pasos– dio una respuesta tan simple como suficiente:
—“El hecho de ser andinos no significa que no podamos ser artistas.”
Porque, en efecto, es ahí, en las tiranas y misteriosas exigencias del arte, que estos muchachos sienten enraizados los motivos que los impulsan a ser los New Kids de Zárate. Otros intereses, más rastreros y vulgares, no hay. No tendrían sentido. A los cien dólares que ganaron en la televisión hubieron de serle descontados los impuestos, resultando quince dólares por cabeza. Esto equivale aproximadamente a 3.3 pollos a la brasa por cabeza por ser un New Kid de Zárate. Y ellos dicen que un artista nunca debe esperar nada a cambio de su arte. Aunque confiesan que les hubiera gustado recibir una respuesta a la carta enviada a la casa disquera. La misma que a estas alturas debe estar desintegrándose en algún relleno sanitario de Boston, Massachusetts.