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el hyundai elantra

cuando el Perro Valencia se ganó un carro en un sorteo y lo que aconteció después

canta, oh Musa, recuérdame por qué causas, dime por cuál numen agraviado, por cuál ofensa, la reina de los dioses empujó al bembón a entregar las llaves del auto que no era suyo. Diosa, hija de Zeus, también a nosotros, cuéntanos algún pasaje de estos sucesos.

drama de la vida real

En la edad de los héroes, el colegio educó a eminencias como José de la Riva Agüero y Fernando Belaunde Terry. Pero el paso del tiempo y el arco de la historia hicieron sus trabajos con alta fidelidad y, para cuando nosotros llegamos a mitad de los años 80, ya el colegio estaba de capa caída.

Aún sobrevivían algunos, en el cuerpo docente y entre los sacerdotes, que habían atisbado (y quizá vivido) aquel resplandor de primera mitad de siglo. Uno de ellos era el profesor Juan Valencia. Él había visto el allá y el acá, el pasado y el presente. Tenía tres hijos, uno de ellos, el popular Bembón, estaba en nuestra promoción.

Profesor de matemáticas siempre lo fue. Nunca aspiró a incrementar sus dominios con alguna dirección de grado u otro cargo gerencial. Como la mayoría de profesores, nunca tampoco tuvo automóvil. Bastaba y sobraba con la atención de los jóvenes y el prestigio del colegio.

Hacia el año 93, cuando estábamos en 5to de media y se le sumaban a la decadencia de la escuela más de diez años de crisis económica, el andar y el conversar del Perro Valencia se sentían cargados de una mezcla de sarcasmo y tristeza. Los comentarios supuestamente de buena gracia que hacía hacia los alumnos llevaban un tufillo de desdén.

Nuestra promoción vino y se fue. Un par de años después ya teníamos mayoría de edad y parte del arsenal del hueveo, además del alcohol y el manejar sin rumbo, era visitar (rara vez, obviamente) los casinos.

En uno de esos palacios del juego fue que encontramos al Perro Valencia con un pucho en la boca jugando blackjack. Hicimos contacto visual y actuamos como si no nos conociéramos. Ese mutuo ignorar es protocolo de los ludópatas que aún conservan un poco de dignidad y vergüenza.

Bueno, de ese encuentro no pensamos mucho. Pero no mucho después, hablando con amigos del colegio, nos enteramos de que esas visitas del profe no eran esporádicas SINO PAN DE CADA DÍA.

la fortuna llama

Los casinos limeños en ese entonces hacían sorteos para “recompensar” a sus clientes más frecuentes. Los establecimientos más exitosos sorteaban miles de dólares en créditos para seguir jugando, y algunos hasta premiaban con automóviles.

Y resulta que, un atardecer cualquiera de blackjack y tragamonedas se convirtió en una noche gloriosa cuando el número de ticket que leía y releía el Perro Valencia coincidía con el número que anunciaba el animador vestido de bufón.

Era el primer premio. Un auto “cero kilómetros”. Un hermoso Hyundai Elantra.

de peatón a conductor

Es un cambio importante y peligroso, no por cojudeces como status y óptica, sino por la marcada diferencia entre trasladarse a uno mismo y a los hijos en las combis malditas de Lima y llevar la vida en un auto nuevo.

Lo peligroso de tomar este paso es que ya no se puede regresar al estado anterior. No existe la tecla “delete” en el cerebro.

el cabezón y el miguelón

Aquí un paréntesis para describir a nuestro compañero Bembón. Era el segundo de tres hermanos. Aplicado, inteligente, siempre bien intencionado y, por lo mismo, un poco ingenuo. De esos que siempre asumen honestidad y bondad en los otros, y a los que hay que explicarles cuando uno está bromeando. Su grupo de amigos estaba conformado por cinco cojudos más o menos normales. Hasta aquí, nada del otro mundo. Sin embargo, de cuando en cuando, se les unía un sexto individuo: el Miguelón. Y cuando eso sucedía, el grupo de patas se metamorfosiaba de grupo a pandilla.

año nuevo

Oh Año Nuevo en las playas del sur, cuánto te llevarás esta vez!

No fue el típico año nuevo de amigos acampando en Chepeconde, sino que se les unió Miguelón y los convenció de ir a Punta Hermosa. Era la banda de seis. Fueron en dos autos, la pick-up de York y el Hyundai Elantra.

Para ese entonces, el auto nuevo continuaba siendo nuevo, sietemesino aproximadamente. El Perro lo cuidaba como oro y no dejaba que nadie más que él lo maneje, pero cedió a la insistencia del Bembón. “Por una sola vez, papá”.

El trato era ir a Punta Hermosa (que no está tan lejos de Lima como Chepenconde, o sea, menor riesgo) y regresar al día siguiente. “No manejes de noche, hijo”.

A las 3am del primero de enero del año 1998, por algún misterioso motivo el grupo de seis se separó. Cuatro quedaron en Punta Hermosa. Miguelón convenció al Bembón para visitar San Bartolo.

Los cuatro que quedaron concuerdan con el siguiente diálogo:

— Bembón: vamos en taxi que estoy más que sampao — Miguelón: dame las llaves, yo manejo

la fortuna llama de nuevo

El teléfono sonó a las 4:30am. Cuando el Perro, acompañado por su esposa y su hijo mayor, llegó a la escena del accidente, la hora dorada del amanecer se hacía presente.

El Hyundai había virado bruscamente en plena Panamericana Sur, quizá tratando de evitar chocar contra algún otro vehículo (imaginario o no) y había dado varias vueltas de campana.

El auto yacía volteado y completamente aplanado al lado de la autopista. No era posible imaginar que hubiese sobrevivientes.

El Perro instintivamente se acercó al auto, se arrodilló y buscó a los pasajeros.

Después de unos segundos se puso de pie. Levantó la vista y un poco más allá, sentados en el suelo con las espaldas apoyadas en la llanta de un patrullero, vio a Bembón y a Miguelón.

Ilesos.

Volvió la vista hacia el Hyundai, y se puso a llorar.